Las enseñanzas de Venus retrógrado

Venus_globeRetrógrado… la palabra de moda. La dices y automáticamente hay estampidas de paganos con un estruendo que parece Jumanji. Durante un tiempo, anuncié los retrógrados en mi perdida página de facebook, para comprobar desolada cómo todos se llevaban las manos a la cabeza, se preparaban para el Apocalipsis y hasta compraban palés de latas de atún para sobrevivir en los búnkeres antimisiles. Que sí, que es mejor estar preparados y hacer copias de seguridad cuando Mercurio se pone retrógrado, pero no es para tanto. De hecho, se pueden sacar enseñanzas muy buenas de todos ellos. Pero como había tanto alarmismo, dejé de anunciarlos con tiempo. Que los alarmistas sean otros: dejé de anunciarlos para no crear más caos del que ya había.

Ahora mismo estamos en pleno Venus retrógrado y, por supuesto, se han compartido muchos artículos sobre él. Algunos anunciaban grandes cambios en lo que respecta a relaciones, otros decían que esta posición sólo venía a traer amantes del pasado. Se han vertido ríos de tinta figurados (en tanto que los artículos son cibernéticos). No quería preconcepciones de artículos especializados, prefería encontrármelo por mí misma.

El último Venus retrógrado en más o menos las mismas fechas fue hace ocho años, en 2007. Curiosamente, la fecha en la que terminé una relación muy difícil para, poco después, comenzar a salir con quien ahora es mi marido. Cuando le conocí, era un niño grande que me repetía sin cesar que debía creer en mis sueños y luchar por ellos, una consigna que he acabado haciendo mía en uno de los mantras que más me repito: “Haz que suceda”. Me pareció una persona centrada pero tremendamente soñadora, un soplo de aire fresco después de una experiencia controladora y asfixiante como la que había vivido anteriormente. Durante estos ocho años nos ha pasado de todo, desde una mudanza a una ciudad diferente hasta tener una hija juntos. Tenemos una relación buena, pero sería irreal decir que todo ha sido un camino de rosas, como pasa con todas las parejas. Durante años, cada vez que surgía una discusión, le decía abiertamente lo mal que me sentía por haber dejado mi vida, mi carrera profesional, a mi familia y mis amigos por seguirle ciegamente a otra ciudad, siguiendo lo que a él más le convenía. Según mi propio punto de vista, él estaba en la ciudad en la que vivimos siguiendo su camino, su sueño, mientras yo veía pasar multitud de oportunidades profesionales ante mis ojos. Oportunidades que normalmente estaban fuera de donde vivimos.

Sin embargo, una serie de circunstancias, no sé si propiciadas o no por el divertido Venus retrógrado, nos ha llevado a reconsiderar la relación de forma muy profunda. También ha coincidido que hemos sido padres y, ya lo dicen muchos, el verdadero reto de un matrimonio tras tener un hijo no es sobrevivir a la privación de sueño, sino conseguir no divorciarse. La llegada de nuestra pequeña nos ha llenado de gozo, pero también nos ha hecho sacar lo mejor y lo peor de nosotros mismos, replantearnos nuestro estilo de vida e intentar conciliar aspectos que parecían irreconciliables. He comprendido que la situación tampoco era plato de gusto para él. Igual que yo, se vino a vivir a una ciudad en la que tiene poca familia, no conoce apenas a gente y, para rematar la faena, las razones por las que se vino aquí ya no existen. He comprendido que su existencia se ha convertido en inercia, en agachar la cabeza y vivir la vida que otros dictan para él. Aquel hombre que me enseñó a soñar resultó estar viviendo una pesadilla de promesas incumplidas, de ilusiones rotas y de mucha, muchísima soledad.

Este Venus retrógrado ha sido para mí una cura de humildad para con mi relación de pareja. No voy a mentir: ha sido duro. No todos los días uno se da cuenta de que la persona a la que se tiene al lado está viviendo un infierno del que le resulta muy difícil salir, mientras tú le echas la culpa a una aparente desgana. No todos los días uno se da cuenta de que se ha estado equivocado durante mucho tiempo. Han sido ocho años que, de pronto, se nos han echado encima, afortunadamente parece que para bien. Recuerdo que una vez, en un artículo sobre los retrógrados, leí que una astróloga decía algo así como que los retrógrados son como tener la oportunidad de viajar al pasado, revisitarlo todo, observarlo todo, sanarlo todo y, luego, continuar por donde lo dejaste. ¿No es una maravilla, volver a las cuestiones del pasado, poder aprender y, luego, rehacer la historia con toda esa experiencia acumulada, en lugar de preguntarse qué habría pasado si las cosas se hubieran dejado para que se pudrieran? Aunque todo eso conlleve lágrimas catárticas, el resultado final muchas veces merece la pena.

Los retrógrados no son malos. Son tránsitos que ocurren, en algunos casos muy a menudo, como sucede con Mercurio, y en otros casos de cuando en cuando. De todos ellos aprendemos, con todos ellos podemos sanar nuestras vidas. Abracemos el retrógrado, tomémonoslos como una posibilidad de mejorar nuestra vida en lugar de entrar en pánico. Si algo he aprendido de este Venus retrógrado, es que se puede recuperar la ilusión. Compasión a través de la comprensión.

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