Lo natural y lo especial

balbi-00292El otro día estuve colaborando en un rastrillo online para pagar los gastos veterinarios de una perrita que había sido atropellada. Aparte de comprar un collar monísimo de lapislázuli y colaborar en metálico con la causa, se me ocurrió ofrecer dos o tres tiradas de tarot por skype cuyo coste iría directamente a esta misma perrita. Me llamó la atención la acogida de la gente y lo rápido que se vendieron las tiradas que ofrecí (en menos de una hora desde el anuncio en el evento de Facebook ya tenía las tres vendidas), y también lo mucho que apreciaron las tres personas a las que les leí las cartas y el cariño con el que tomaron cada palabra y cada tirada. Fue algo totalmente nuevo para mí.

Yo no me dedico al Tarot profesionalmente y no porque no pueda, sino porque para mí es una cosa muy normal y no le hago demasiado caso. Para mí, saber leer el Tarot no tiene nada de especial. Es como… no sé… el pelo. Me llama la atención el de los demás, pero no el mío, aunque me encanta porque me tiño y aun así soporta los maltratos. Mi relación con las cartas del Tarot es más o menos así también, porque mi madre era tarotista y me enseñó siendo muy pequeña, con 8 añitos, así que para mí es tan natural como respirar, beber agua o tener el pelo que tengo. Forma parte de mí y por eso mismo no valoro en demasía lo que tengo. Por eso, cuando alguien me dice que es (o se anuncia como) “vidente natural” o “echador/a de cartas instintivo/a”, a mí se me escapa la risa porque en realidad todo el mundo tiene esa capacidad. Sólo que aún no lo han descubierto.

Hay una ley por ahí que dice que una persona con 10.000 horas de dedicación a determinada práctica se convierte en un virtuoso de la habilidad que entrena. Estoy de acuerdo. Creo que todos venimos al mundo con las capacidades necesarias para hacer lo que queremos hacer, sólo que decidimos dedicarnos a unas prácticas por encima de otras. Se trata de elegir nuestras prioridades. Y cuando te has dedicado ciertas horas a aprender cierta habilidad y la dominas se convierte en algo automático y natural, de ahí que dejes, de alguna forma, de valorarla. La das por hecho. Eso es lo que a mí me pasa con el Tarot, o lo que me pasaba desde que estas personas decidieron que iban a comprar mis tiradas. No me considero una virtuosa, pero para mí sí es una cosa naturalizada de cuyo aprendizaje, al ser tan pequeña, ya ni me acuerdo, y de ahí que me alegrara y me sorprendiera al pensar que había alguien ahí fuera a quien le gustaría que yo le echara las cartas.

Tras darme cuenta de este hecho me sentí también muy agradecida: con estas personas por su confianza, con mi madre por enseñarme, conmigo misma por mi paciencia y con mi baraja de cartas por existir. No se puede decir que sea una coleccionista de Tarots (mi colección se deduce a la “friolera” de tres barajas – nótese el sarcasmo), pese a lo precoz que fui, y tampoco que les haga mucho caso, pero si algo puedo decir es que noto conexión con las barajas que he usado (ahora una Balbi, idéntica a la que usaba mi madre y que compré de segunda mano, y hasta hace poco una Rider Waite). Darme cuenta de esa conexión es lo que realmente considero especial en esto de echar el Tarot. Darme cuenta de que hago esto porque me resulta tan interesante como asomarme a un libro que cuenta una historia que no está contada con palabras. Eso es en lo que me ha hecho reparar las personas que se han sentido interesadas por una de mis lecturas: la maravilla que encierra algo que parece tan automático para uno, y lo poco que repara uno en ese hecho maravilloso.

No creo que vaya a dedicarme a esto profesionalmente nunca, porque creo que la vida del tarotista profesional debe ser muy dura. Pero de vez en cuando resulta bonito dar tu arte a alguien, escucharle y sobre todo escucharlas a ellas. Ver los dibujos, maravillarte por los pequeños matices que el ilustrador encerró en cada arcano. Cada tirada un nuevo detalle que se descubre por el contexto de las cartas que lo rodean, como una Reina de Espadas que en un momento está sencillamente sentada y en el otro, de forma velada, te señala las cartas que tiene a su derecha para llamarte la atención sobre ellas. Este cambio constante de algo que parece tan estático como un dibujo es lo realmente especial de algo tan natural como un rizo rebelde que en una mañana cualquiera se escapa de mi coleta.

Brujos de ciudad

CityWitchPrintMe encanta el concepto del brujo de campo porque me parece muy auténtico, muy de la tierra, muy tradicional. Me encanta porque implica que las hierbas se las busca él en el campo, que su vida gira alrededor de los ciclos de vida y muerte, que ve porque vive en el campo, y que tiene un contacto muy directo con los animales, a los que puede observar en sus movimientos migratorios. Debe ser apasionante para el que le guste.

Pero yo nací en una ciudad. Vivo en una ciudad. Trabajo en una ciudad. Cuando viajo, normalmente por motivos de trabajo o para ver a mi familia y a mis amigos, viajo a ciudades grandes porque mi entorno es el del asfalto, el de las prisas, los maletines y los tacones. Me pierdo si paso más de una semana en el campo, aunque me encanta, porque estoy acostumbrada a las junglas de asfalto. Y en medio de esa existencia gris, a veces vacía y muchas veces superficial, la brujería supone el color de mi vida. Soy una bruja de ciudad.

Como bruja de ciudad soy una mujer normal. Soy profesional y tengo un trabajo de oficina. De lunes a jueves tengo que vestir de business casual, y los viernes me permiten vestir informal. Voy andando de casa al trabajo porque mi ciudad, aunque ciudad, es pequeña, y porque a mí me encanta vivir en el meollo de las junglas de asfalto así que en media hora andando estoy en mi destino. Me encanta llevar tacones de los que hacen clac clac cuando caminas, porque en cierto modo a la vez que andas haces percusión.

Dicen que estoy alienada de mi entorno y yo no creo que lo esté. Sólo estás alienado de tu entorno totalmente cuando no vives los ciclos y cada día se parece al anterior, pero yo veo ciclos en cada paso (clac, clac) que doy. Por ejemplo: por la mañana salgo de mi casa y hace mucho frío y está oscuro, y no hay que ser muy listo para darse cuenta de que eso sucede porque es invierno. Como salgo de casa calentita siempre se me olvida ponerme los guantes, pero tras diez minutos caminando empiezo a darme cuenta de que el frío está mordiéndome los nudillos, así que tengo que sacar los guantes del bolso o tendré que enfrentarme a los sabañones. En verano, cuando voy al trabajo es de día y con sol, y puedo salir a la calle con un vestido corto para llegar a la oficina empapada en sudor (esto de vivir en Andalucía…). Ahora mismo los árboles están pelados porque se han caído las hojas durante el pasado otoño (y porque puntualmente viene un señor de parques y jardines a efectuar la poda de rigor), y el ambiente huele normalmente a hierba seca, a pesar de que parezca improbable eso de que se pueda oler aquí, ya que vivo en una de las ciudades más contaminadas de mi país (y me crié en otra de las más contaminadas).

Que sí, que es verdad que no estoy en el campo y por lo tanto no tengo posibilidad de coger las plantas que necesito. O sí. Porque resulta que hoy día muchos ayuntamientos tienen un listado de especies arbóreas y arbustivas, y de dónde están colocadas en plazas y parques, de forma que con sólo imprimir el mapa puedes hacer un bonito recorrido botánico y, por qué no, obtener lo que necesitas. Basta con no coger las plantas que están cerca del asfalto y, por tanto, del humo. Siempre he tenido una gran relación con los árboles y arbustos de ciudad porque son plantas que sufren y a pesar de ellos son fuertes y sobreviven. Todos los años me maravilla que el árbol que tengo frente al balcón sufra las podas que sufre por obra y gracia de los funcionarios de parques y jardines, y sigue floreciendo cada primavera como un campeón. Por eso a veces me gusta “visitar” a determinados árboles, sentarme bajo su sombra y agradecerles que estén llevando una vida bastante espartana. Y lamentablemente nadie repara en ellos.

Que también es verdad que de vez en cuando me voy al campo a desconectar y que no hay color, porque hasta el cielo parece más azul y se te abren los pulmones. Por supuesto. Pero no hace falta vivir en mitad del monte para admirar una puesta de sol tardía en verano mientras te tomas una cerveza. No todos los wiccanos somos brujos de hierbas y monte, los hay también que somos de fijarnos en las cosas pequeñas, los que somos de dar paseos para ver cómo cambia nuestro entorno, porque aunque urbano, también respira y vive y también tiene ciclos. En mi opinión, darte cuenta de esto hace la vida de uno en una ciudad tremendamente colorida y llena de significado, dotando a cada rincón de una historia donde hay un árbol viejo, un vendedor de castañas en noviembre o un riachuelo que sueña con que algún día correrá libre por encima de las presas.

Creo que el brujo no se plantea si tiene que vivir en x o en y. Creo más bien que el brujo tiene la capacidad de seguir maravillándose con las cosas pequeñas, independientemente de dónde estén. Por eso lo declaro orgullosa: yo soy una bruja de ciudad, me preocupo por las criaturas que dan color a mi ciudad y me gusta observarlas, tenerlas en cuenta y verme reflejada en ellas, porque creo que en las cosas más pequeñas podemos ver un reflejo de todo lo que encierra el Universo. Así arriba como abajo.

Trabajo invisible

Siempre digo que soy afortunada por las personas que me rodean en todas las esferas de mi vida, incluyendo la pagana. Una de las personas a las que tengo más cerca es también uno de los sacerdotes a los que he tenido el honor de iniciar,  y con el que también tengo el honor de compartir camino vital porque es mi pareja.

Durante años, mi marido ha sido de esas piezas indispensables del puzzle que compone mi vida pagana. Él no es conocido, no escribe en blogs y su trabajo, como él mismo me decía el otro día, es “casi invisible, salvo para quienes están con nosotros en persona en el Templo”, aunque ahora es más notorio para la mayoría de nuestros alumnos. Sin embargo, yo creo que su trabajo ha sido crucial en muchos de los momentos más delicados de la vida de nuestro grupo, mucho antes de que empezara a dar clase conmigo. Ha sido el hombro en el que llorar, el que me lleva la cena al ordenador si me quedo escribiendo o traduciendo material, el que me ha animado siempre a seguir adelante y el que me dice siempre eso de “nena, tú vales mucho” cuando la ansiedad me ahoga o la desesperanza asoma su fea nariz.

La parte más interesante de su trabajo espiritual/pagano/comunitario ha sido su camino de auto-descubrimiento. Él ha pasado por muchas etapas hasta que finalmente decidió iniciarse en Wicca Correlliana, que es la corriente que nosotros practicamos. Su camino ha sido largo, lleno de obstáculos y me parece realmente admirable que haya querido experimentar tanto con su vida espiritual, algo que yo no hice en su día (quizás porque era demasiado joven). Ha reflexionado, leído y preguntado hasta la saciedad, a veces incluso haciendo preguntas con las que, honestamente, me he llegado a echar a temblar porque ni yo siquiera había llegado a esa profundidad de análisis. Su espíritu crítico sacaría de quicio a cualquiera, pero creo que si sobrevives a eso casi puedes sobrevivir a cualquier cosa. Una de mis mejores amigas (también correlliana) dice que la paciencia hay que cultivarla. Creedme, este hombre me ha hecho cultivarla con creces.

Su trabajo es interno y por eso parece invisible, sí, pero es la sal que condimenta muchos de los artículos que aquí escribo. Mucho del corpus de los materiales que doy, de los comentarios que hago, de las reflexiones que llevo a cabo, salen de las conversaciones que tengo con él. Creo que la palabra aplicable aquí, más que invisible, es sutil.

¿Y a qué viene todo esto? A que el otro día me decía un lector que mi trabajo era importante. Agradezco el piropo y agradezco la candidez con la que estaba hecho el comentario, pero espero que mi trabajo escribiendo artículos o dando clases no marque lo que es la Wicca, por tanto espero que no sea tan “importante”. Si así fuera, pobre de la Wicca, porque todos los wiccanos acabarían siendo unos obsesos de la perfección igual que yo. Considero que escribo para sacar fuera emociones y reflexiones, y nada más lejos de mi intención que marcar tendencias a lo “It girl” de la brujería. Así que a mí me parece infinitamente más importante el trabajo aparentemente “invisible” de alguien que siempre ha estado ahí, en las buenas y en las malas, que lleva siete años al pie del cañón en el Paganismo, y que me ha influenciado tanto como para que pueda reconocer en este artículo no menos de cinco frases que parecieran salidas de su misma boca. Porque, igual que esa lluvia fina que moja mucho, a veces el trabajo que parece invisible es el trabajo que más cala.

Dedicado a Lon Dubh. Si tu trabajo es invisible, yo soy una monja.