Una caña de pescar

Caña de pescarCuando era pequeña, tendría 5 ó 6 años, mi padre me llevaba a ver pescar los domingos. Íbamos a la orilla del Guadalquivir, donde la gente iba a pasar el día desde temprano pescando. Por aquel entonces, todavía se podía consumir el pescado que se conseguía del río. Recuerdo que hasta que cumplí los 20 años hubo en la sevillana calle Feria un bar con un cartel en la puerta que rezaba “Hay barbo en adobo”. Para mí, aquellas salidas de los domingos a un Guadalquivir que entonces era salvaje (la orilla no estaba pavimentada, el puente de la Barqueta no existía y la naturaleza se abría camino entre los montones de tierra que hacían de muro de contención) suponían casi un ritual. En mi casa era tradición, igual que el barbo en adobo e igual que la pesca matutina lo eran en mi ciudad.

Ver pescar era difícil para una niña tan pequeña. Tienes que estar callado o los peces se espantan y yo tenía muchas ganas de correr y de recoger flores para mi madre, que esperaba en casa. Mi padre me enseñó a callar, a permanecer quieta, viendo las aguas del río con la mirada perdida. El Guadalquivir es traicionero para ser tan grande: a veces, cuando sube la marea en Sanlúcar, el río sube en lugar de bajar, y un sutil olor a sal marina se cuela por tu nariz casi sin que te des cuenta. Mi padre me enseñó a ver las corrientes y a reconocer los remolinos que se forman con los cambios de la marea, 100 kms dentro de la tierra donde el agua se abre camino en el Río Grande. Mi padre me enseñó el silencio y el estudio cimentado en la reflexión y la observación profunda de las cosas, a través de algo tan físico como ver pescar a otras personas. Mi padre y yo no teníamos caña de pescar, pero no nos hizo falta porque nos llevamos una experiencia introspectiva similar a la de las personas que se sentaban con su caña en la orilla del río.

Hoy en día, las personas que vivimos en ciudades compramos los peces (por no decir que compramos todo), pero pocas veces tenemos la experiencia de cultivar o de pescar algo. De la misma forma, nos enseñamos los unos a los otros que la información es un bien intercambiable, pero no generamos conocimiento: estudiamos el resultado y lo aprendemos como papagayos, pero no nos centramos en el proceso. Así, nos acostumbramos a preguntar “qué consigo” pero no “cómo lo hago YO para generar mi propia experiencia vital”. Nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho, y luego al aplicarlo a la senda espiritual nos quejamos de que el conocimiento de la “brujería se queda obsoleto o vacío en cuestión de 2-3 años, después de lo cual es aconsejable cambiar de camino” (esto me lo dijeron una vez en un comentario del blog). Claro, porque te quedas con los resultados, pero no te centras en la experiencia de la vivencia y por tanto esos resultados a ti no te dicen nada, no te apelan a nada individualmente. Me encanta que la información sea tan accesible, pero por otro lado pienso que toda esa información necesita un filtro de criterio propio cimentado en una práctica individual, creada a partir de la experiencia personal, que ni google, ni yo, ni nadie, puede dar. Un ejemplo de esto es que una vez estuve 3 horas explicándole a alguien de fuera del Templo un aspecto en particular de la Tradición Correlliana a petición suya, para que me soltara “Pues eso no va conmigo”. Es decir, yo pesqué mi barbo tras muchas horas de esfuerzo, se lo di a esa persona porque me lo pidió y luego me tiró mi propio barbo a la cara. Podéis imaginaros la gracia que me hizo eso.

Personalmente y tras muchas experiencias como ésa, creo que es mejor dar cañas y poner a la gente a pescar, antes que dar los peces. Cualquiera puede tener conocimiento de qué es X o Y con tan sólo buscarlo en google, pero sólo se crea conocimiento válido para uno a través de un proceso interno. Yo puedo contestar preguntas como alguien que ha pescado sus propios peces con su propia caña, pero, ¿y si a ti eso no te sirve? Yo puedo explicar algo a través de una visión correlliana pero, ¿y si no la pones en práctica? ¿De qué te sirve? ¿Acaso la gente que se supone que “sabe más” va a vivir tu experiencia espiritual por ti? Puede que busques quien te ayude, pero ¿realmente quieres delegar totalmente eso? Porque, ¿y si a ti mi barbo no te gusta?

En un camino espiritual sólo conseguiremos peces tras levantarnos a las 6 de la mañana, llegando al alba al río y sentándonos muchas horas en la orilla esperando a que piquen. Si queréis saber de qué hablo, podéis probar a observar durante un día a un pescador o a un agricultor, vais a ver el esfuerzo que supone para ellos que nosotros, los urbanitas, tengamos todo lo que tenemos y accedamos tan fácilmente a todo lo que tenemos acceso. Pensamos que es “su trabajo” y no lo valoramos porque vemos el resultado (el pez o el tomate), pero la realidad es que conlleva un esfuerzo. Igual que cuando te metes en un camino espiritual. Desde aquí animo a todo el mundo, cuenten con ayuda de alguien o no, a pescar sus propios peces, a vivir su camino y a esforzarse por sí mismos, porque nadie experimenta por uno.