Una caña de pescar

Caña de pescarCuando era pequeña, tendría 5 ó 6 años, mi padre me llevaba a ver pescar los domingos. Íbamos a la orilla del Guadalquivir, donde la gente iba a pasar el día desde temprano pescando. Por aquel entonces, todavía se podía consumir el pescado que se conseguía del río. Recuerdo que hasta que cumplí los 20 años hubo en la sevillana calle Feria un bar con un cartel en la puerta que rezaba “Hay barbo en adobo”. Para mí, aquellas salidas de los domingos a un Guadalquivir que entonces era salvaje (la orilla no estaba pavimentada, el puente de la Barqueta no existía y la naturaleza se abría camino entre los montones de tierra que hacían de muro de contención) suponían casi un ritual. En mi casa era tradición, igual que el barbo en adobo e igual que la pesca matutina lo eran en mi ciudad.

Ver pescar era difícil para una niña tan pequeña. Tienes que estar callado o los peces se espantan y yo tenía muchas ganas de correr y de recoger flores para mi madre, que esperaba en casa. Mi padre me enseñó a callar, a permanecer quieta, viendo las aguas del río con la mirada perdida. El Guadalquivir es traicionero para ser tan grande: a veces, cuando sube la marea en Sanlúcar, el río sube en lugar de bajar, y un sutil olor a sal marina se cuela por tu nariz casi sin que te des cuenta. Mi padre me enseñó a ver las corrientes y a reconocer los remolinos que se forman con los cambios de la marea, 100 kms dentro de la tierra donde el agua se abre camino en el Río Grande. Mi padre me enseñó el silencio y el estudio cimentado en la reflexión y la observación profunda de las cosas, a través de algo tan físico como ver pescar a otras personas. Mi padre y yo no teníamos caña de pescar, pero no nos hizo falta porque nos llevamos una experiencia introspectiva similar a la de las personas que se sentaban con su caña en la orilla del río.

Hoy en día, las personas que vivimos en ciudades compramos los peces (por no decir que compramos todo), pero pocas veces tenemos la experiencia de cultivar o de pescar algo. De la misma forma, nos enseñamos los unos a los otros que la información es un bien intercambiable, pero no generamos conocimiento: estudiamos el resultado y lo aprendemos como papagayos, pero no nos centramos en el proceso. Así, nos acostumbramos a preguntar “qué consigo” pero no “cómo lo hago YO para generar mi propia experiencia vital”. Nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho, y luego al aplicarlo a la senda espiritual nos quejamos de que el conocimiento de la “brujería se queda obsoleto o vacío en cuestión de 2-3 años, después de lo cual es aconsejable cambiar de camino” (esto me lo dijeron una vez en un comentario del blog). Claro, porque te quedas con los resultados, pero no te centras en la experiencia de la vivencia y por tanto esos resultados a ti no te dicen nada, no te apelan a nada individualmente. Me encanta que la información sea tan accesible, pero por otro lado pienso que toda esa información necesita un filtro de criterio propio cimentado en una práctica individual, creada a partir de la experiencia personal, que ni google, ni yo, ni nadie, puede dar. Un ejemplo de esto es que una vez estuve 3 horas explicándole a alguien de fuera del Templo un aspecto en particular de la Tradición Correlliana a petición suya, para que me soltara “Pues eso no va conmigo”. Es decir, yo pesqué mi barbo tras muchas horas de esfuerzo, se lo di a esa persona porque me lo pidió y luego me tiró mi propio barbo a la cara. Podéis imaginaros la gracia que me hizo eso.

Personalmente y tras muchas experiencias como ésa, creo que es mejor dar cañas y poner a la gente a pescar, antes que dar los peces. Cualquiera puede tener conocimiento de qué es X o Y con tan sólo buscarlo en google, pero sólo se crea conocimiento válido para uno a través de un proceso interno. Yo puedo contestar preguntas como alguien que ha pescado sus propios peces con su propia caña, pero, ¿y si a ti eso no te sirve? Yo puedo explicar algo a través de una visión correlliana pero, ¿y si no la pones en práctica? ¿De qué te sirve? ¿Acaso la gente que se supone que “sabe más” va a vivir tu experiencia espiritual por ti? Puede que busques quien te ayude, pero ¿realmente quieres delegar totalmente eso? Porque, ¿y si a ti mi barbo no te gusta?

En un camino espiritual sólo conseguiremos peces tras levantarnos a las 6 de la mañana, llegando al alba al río y sentándonos muchas horas en la orilla esperando a que piquen. Si queréis saber de qué hablo, podéis probar a observar durante un día a un pescador o a un agricultor, vais a ver el esfuerzo que supone para ellos que nosotros, los urbanitas, tengamos todo lo que tenemos y accedamos tan fácilmente a todo lo que tenemos acceso. Pensamos que es “su trabajo” y no lo valoramos porque vemos el resultado (el pez o el tomate), pero la realidad es que conlleva un esfuerzo. Igual que cuando te metes en un camino espiritual. Desde aquí animo a todo el mundo, cuenten con ayuda de alguien o no, a pescar sus propios peces, a vivir su camino y a esforzarse por sí mismos, porque nadie experimenta por uno.

Divinidad y simultaneidad: la vida secreta

Hace unos años hice un vídeo de Youtube explicando por qué la Wicca era una religión según la tradición correlliana y dije abiertamente que la Wicca tenía un Dios y una Diosa. Así, sin anestesia. De esa forma se explica en la mayoría de los libros y en la mayoría de las páginas web. Debido a ese vídeo en particular cerré mi canal de Youtube y borré todos mis vídeos, porque estaba terriblemente errada en la explicación y me daba vergüenza tener algo así de incorrecto y encima estar difundiéndolo. El problema es que lo repetimos tanto que se ha acabado por dar por hecho, y principalmente ése fue mi error.

Sé que no es excusa, pero en mi defensa diré que no había ahondado lo suficiente en cosas que ahora sí me paro a pensar por diversas razones. ¿Quién era yo para imponer a otros wiccanos, con o sin tradición, que creyeran en un Dios y una Diosa para poder llamarse wiccanos? Sí, una sacerdotisa correlliana. ¿Y? ¿Eso me convierte en mejor?

El concepto de Divinidad es tan inabarcable para una mente humana que lo hemos adaptado a nosotros mismos. ¿Qué pasaría si tuviéramos 6 sexos? ¿Habría tantos dioses como sexos? ¿Y qué pasa si alguien es monoteísta, su concepto de Divinidad es menos válido? ¿Y un panteísta, no podría ver a la Divinidad más que fuera de todo y como ente independiente, para llamarse pagano?

Una vez se me pusieron los pelos como escarpias al escuchar unos comentarios maliciosos hechos sobre alguien que decía ser monoteísta y neopagano. En el paganismo de hoy el Monoteísmo suele estar mal visto, por ejemplo, porque casi todos venimos a estas religiones como conversos de religiones monoteístas, y sin embargo dentro de mi tradición se contempla a la Divinidad como UN gran diamante que puede ser contemplado a través de múltiples facetas, tanto por separado como simultáneamente. En la tradición correlliana, y sé que en otras corrientes similares, el concepto del diamante mínimamente viene a explicar esa universalidad, y por tanto aceptaría un monoteísmo como una forma válida de culto. Por tanto, no creo que juzgar tan duramente la vía monoteísta sea justo para quienes, como yo, observan como acertada (no diré ‘correcta’) la metáfora del diamante, es más, realizar ese juicio, para mí, supone tener una doble moral: lo aceptamos para nosotros, pero no para los demás. En la práctica, por otro lado, muchos practicantes de brujería somos monoteístas de facto, sobre todo cuando establecemos una devoción principal con una de las “facetas” del diamante (como una Divinidad en particular).

Contemplar a la naturaleza y a nosotros mismos como un todo (básicamente, el Panteísmo), en cambio, sí está bien visto. Pero esto tampoco es la definición de “Diosa y Dios”, con lo cual al afirmar categóricamente que “la Wicca cree en el Dios y la Diosa” eliminaría completamente del mapa a los panteístas. Es más, me quitaría a mí misma la adoración a la naturaleza y la aceptación de mi propia existencia divina, por no hablar de la de quienes me rodean. Sería muy triste para mí eliminar esto, porque me quitaría muchas cosas bonitas y divertidas de mi vida, entre ellas el festejo de mi propia existencia física.

El Politeísmo es una opción que como ya he dicho se contempla en mi tradición también (las “facetas” del diamante se consideran Dioses particulares según la metáfora utilizada). En el ámbito del paganismo, muchos grupos reconstruccionistas son básicamente politeístas porque recrean cultos antiguos y eso era lo que eran aquellas tribus en las que se fijan e inspiran. Con lo cual acotar el concepto de Divinidad a “Dios y Diosa” también sería desprestigiar esta opción y, como en el caso del Monoteísmo, creo que hacerlo supondría tener doble moral.

Todo esto dicho, creo que a la Divinidad le da igual. Es tan tremendamente grande, tan inabarcable, que no podríamos clasificarla aunque quisiéramos. Una de las canciones de mi adolescencia dice “It’s so hard to understand / And often we are blind / But if truth were an ocean / would it fit in the pool of a human mind?” (Es difícil de entender / Y a veces estamos ciegos / Pero si la verdad fuera un océano / ¿cabría en la piscina de una mente humana?). “Dios y Diosa” es una forma de explicarlo, pero no nos quedemos en ello. Como decía Jake Chambers en la saga de la Torre Oscura, “Hay más mundos aparte de éste”.

Bien y mal

Ayer estaba descansando de mis cosas del Templo cuando me llegó un WhatsApp de un alumno muy querido. Me preguntaba a qué me refería con una aclaración que hacía en los materiales de primer grado del Templo, acerca del concepto de “bien y mal”, concretamente acerca de una afirmación que se hacía en los materiales, que es “La Diosa/el espíritu siempre se encamina hacia el bien”.

Explico un poco: esa aclaración la consideré necesaria para la segunda versión de la teoría de primer grado correlliano, que van con anotaciones del Templo y en la que estoy trabajando ahora, y la escribí como nota aclaratoria al final debido a que otro alumno me hizo la misma pregunta el año pasado. Pero yo no escribí la frase de marras, aunque la traduje al español en los materiales, y no sé lo que llevó al autor a escribirla aunque me imagino que sería la falta de términos más adecuados a lo que él quería decir. Aunque creo que sé a qué se refiere.

Creo que la gente se hace muchos líos con los conceptos de bien y mal incluso en una tradición como la nuestra, y es cierto que yo personalmente no pienso que alguien pueda ser calificado categóricamente como “mala persona” o “buena persona”. Creo también que sacarle punta al concepto de “bien” es demasiado, por motivos que explicaré con ejemplos más abajo. Por lo tanto, ¿por qué decir de la Divinidad que se encamina hacia el bien o hacia el mal, si ni siquiera los seres humanos somos totalmente buenos o malos? Y aquí puede que pienses “sí Harwe, pues (insértese aquí nombre de persona mezquina) es un hijo de p***, a ver qué me dices a esto”. Pues querido o querida, hasta (insértese aquí nombre de persona mezquina) habrá hecho algo considerado “bueno” en su vida. Con lo cual no es del todo bueno o malo.

¿Y no será que el que escribe los materiales correllianos tiene un concepto un poco más amplio de “bien” que el de “la bondad”? ¿Ser bueno implica hacer el bien? Porque mi abuela (que era católica y buenísima persona, en mi opinión, pero probablemente no en opinión de otros) decía que de buenas intenciones estaba el infierno lleno… así pues, ¿necesariamente siendo “buenos” hacemos “el bien”?

La antropóloga dentro de mí despierta de su letargo y va más allá: bien y mal son conceptos culturales. No son universales y nunca lo han sido.

Un ejemplo de esto es el concepto de violencia que tienen en algunas tribus. Todos sabemos lo horrorosa que nos parece la violencia, y ahora mismo hay una lucha contra el maltrato que me parece estupenda porque yo he nacido en España y no veo con buenos ojos que se pegue a la gente. Está feo. Pero en esas tribus, la violencia es un recurso necesario. Los hijos son pegados por los padres para que aprendan lo que es vivir. Las mujeres consideran que si les falta algún diente es porque su marido les ha pegado, y eso es porque se preocupan por ellas. ¿Son salvajes y merecen ser educados? Para nuestra cultura, puede que sí, y además tendrían que ir todos a la cárcel por maltratadores. Pero ellos llevan siglos viviendo así, y sobreviviendo. Necesitan de esa violencia y ser educados en ella, porque de otra manera las duras condiciones de vida y la amenaza de otras tribus se los llevarían por delante. Son pacificadores fieros y se aman a golpes. Aunque a nosotros nos parezca horrible.

Un antropólogo relativamente famoso (aunque no tanto como Marvin Harris, por desgracia) escribió un libro muy bonito sobre unas tribus que se daban grandes banquetes en los que mataban cerdos y luego iban a la guerra contra sus vecinos. Sus ciclos consistían en: comemos con los vecinos los cerdos de la matanza y nos ponemos de comer hasta las trancas, nos aliamos con ellos, hace un ritual superchupi y luego vamos a la guerra contra los “otros vecinos”, que viven 20 kms más allá, y de camino vamos regando de su sangre y sus vísceras el campo para fertilizarlo. Todos sabemos que en nuestra cultura hacer la guerra y matarse está feo, aunque se haga en mitad de un ritual (porque eran guerras rituales en las que alimentaban a sus antepasados). Pero para ellos era una forma de regularse demográficamente en un espacio determinado como resultaba ser una isla, en la que la tierra no podía alimentar a grandes grupos por estar limitada por el mar.

Esas personas, para nosotros, son malas porque se pegan y se hacen la guerra los unos a los otros. Para ellos, son buenas y esos comportamientos son necesarios. ¿Quién gana esta batalla moral? Gana el primero en adaptarse a las circunstancias. En nuestro territorio, nosotros. En el suyo, ellos, porque no duraríamos ni dos días en esas condiciones de vida.

Así pues, ¿cómo podría la Divinidad ser universal para un miembro de esta tribu remota y para mí, si tenemos conceptos de bien y mal tan distintos? Pues muy sencillo: la Divinidad es neutra y sólo quiere aprender. Aprender a través de nosotros, que somos la Divinidad consciente. Eso es lo que dice, al menos, mi tradición. Me parece relativamente sensato por otro lado. Si los correllianos (y la mayoría de los practicantes de brujería afín a la Wicca) no creemos en el demonio, ni en diablo, ni en Satán, como representaciones del mal absoluto, ¿no sería más normal creer en una Divinidad neutra e interesada por el aprendizaje a través de vidas simultáneas, que en una Divinidad con dualidad bien-mal? Porque de darse este último caso, ¿no estaríamos ratificando la existencia de un mal absoluto, en el que supuestamente decimos que no creemos?

Me gustaría pensar que estamos hechos de algo más que de “blancos” y “negros”. No sé vosotros, yo misma y mi vida vinimos a esta existencia a todo color.

Para pensar.

El Correllianismo y yo

Hace unas horas que llegué a una conclusión y quería compartirla con vosotros, así como lo que me ha llevado a llegar a esa conclusión.

Todo empieza hace unos años, en una quedada en Madrid organizada por una conocidísima web de Wicca. Jugamos al juego de las preguntas secretas: tú escribías una pregunta en un papelito y la metías en un recipiente. Luego se leían, de forma anónima, en voz alta. La pregunta debía ser contestada por la persona o personas que estuvieran más capacitadas para responder. Éramos quizá 15 personas, es decir, había 15 preguntas. Al menos 4 de ellas tenían la siguiente pregunta: “¿Por qué la Tradición Correlliana se considera Wicca si no viene de Gardner?”.

Siendo honesta, me sentí francamente mal. Yo no podía responder a esa pregunta, no estuve allí en los años 70 cuando se tomó esa decisión. Ni siquiera había valorado por qué nos hacíamos llamar Wicca si no veníamos de Gardner. Contesté con lo típico, con lo que me enseñaron “es una cuestión de semántica, en realidad la tradición se fundó antes de Gardner, era una tradición familiar anteriormente, de origen escocés, y su fundadora fue Orpheis Caroline High-Correll”.

Durante mucho tiempo me sentí bastante desnuda cada vez que alguien me hacía la pregunta de marras, porque no sabía responderla. Yo me he sentido siempre muy bien con mi tradición, pero claro, éramos muy pocos en España así que tampoco es que hiciéramos mucho ruido aquí. La cosa cambió cuando yo decidí abrir el Templo de Brigit (entonces Santuario) a más gente. Fue entonces cuando me encontré con esa pregunta y a veces con miradas más que acusatorias al hacer esa pregunta. Creo que yo no tenía la culpa de esa decisión ni de estar allí en ese momento, pero comprendo que hubiera gente que me tomara como “una representante de la Tradición en España”, a pesar de que no era ni tercer grado entonces y que no me sintiera preparada para contestar, ni lo estuviera (y aun hoy no estoy capacitada para responder a esto).

No es extraño que vea “Wicca” al lado de “Correlliana” con mucha frecuencia, a veces “Correlliana de la Wicca” (y ojo, esto también lo he hecho yo). Cuando alguien pregunta algo sobre la Tradición, corremos a decir que se trata de “Wicca” y a ponerle raudos el apellido, pero claro, ¿Wicca en qué sentido? ¿En el sentido de la brujería tradicional británica? ¿En el sentido de la Wicca Ecléctica? A veces me daba la sensación de no estar en ninguna parte, ni era ecléctica solitaria porque seguía una tradición, ni era brujería tradicional británica del linaje de Gardner. ¿Qué pasaba con esa “cuestión de semántica”? ¿Quién podía responder a esa pregunta? ¿Por qué no me sentía englobada en ningún grupo, a pesar de que se parece tanto a la Wicca? Esto me hacía sentir pesar.

Encontré la solución a ese pesar justamente en el amor que siendo hacia mi Tradición. Hace unos meses me uní a una orden dentro de ella dedicada a estudiar sus particularidades, las que la hacen única. Empecé a trabajar muy fuertemente con los Ancestros de la Tradición y con determinadas entidades ligadas al trabajo de grupo que se realiza dentro de las labores del tercer grado. Empecé a darme cuenta de que había mucho que no sabía de mi propia tradición, y que eso era la sal de la misma. También empecé a ver fallos y empecé a querer remediarlos y mejorarlos. Muchas personas parece que tuvieron la misma idea y entonces todos nos pusimos a trabajar. Como las ideas son contagiosas como la gripe, de pronto todos nos encontramos dándonos feedback los unos a los otros de lo que íbamos descubriendo. Y entre una cosa y otra y casi sin darnos cuenta, los Ancestros dejaron de ser “los Ancestros” como grupo para convertirse en entidades con nombre, los de las personas que hace mucho dejaron este mundo material y que habían pertenecido al Correllianismo durante sus vidas. La historia de la tradición empezó a llenarse de anécdotas familiares y de álbumes de fotos. Y entonces todo empezó a encajar. Siempre habíamos sido una Tradición familiar que llegado cierto momento decidió abrirse, eso es todo.

Así que aquí estoy, casi tres años más tarde de aquella tarde de abril en Madrid, reconciliada con la Tradición que me ha ayudado a ver quién soy. Feliz por ver por fin lo que la hace única, lo que la hace maravillosa y lo que la hace el mejor lugar del mundo (para mí) donde poder desarrollarse espiritualmente. Contenta por darme cuenta de que la Tradición Correlliana es lo que es, con sus cosas buenas y sus cosas mejorables, con su trabajo por hacer y con sus cosas que cambiar o mantener. Y sobre todo me he dado cuenta de que no importa si le pones el apellido “Wicca” o no, su nombre siempre va a ser “Correlliana” porque tiene significado en sí misma. La Tradición Correlliana puede considerarse Wicca o no, desde fuera o desde dentro, pero eso no creo ni que deba importar, que cada uno la llame como quiera. Lo que debe importar es que sepa mantener su esencia, la de los álbumes de fotos y las anécdotas familiares, sólo que ahora tenemos familia por todo el globo. Soy Correlliana, llámame wiccana o no me lo llames, ahora sé lo que soy y el apellido que me pongas me da exactamente igual. 🙂

Ninguna vida es fácil…

… y a la vez, todas son sencillísimas.

Cuando alguien me cuenta lo difícil que es su vida, o lo dura que ha sido en el pasado, tiendo a pensar que esa persona posiblemente haya logrado sobreponerse a determinadas situaciones complicadas, o que al menos está trabajando en ello. Pienso esto porque me relaciono con personas que normalmente están embarcadas en algún tipo de trabajo espiritual, aunque soy consciente de que no siempre es así. No siempre se quiere salir de determinadas espirales y las razones son muy variadas, tantas como personas y circunstancias hay, así que no entraré aquí en ello ni es mi intención juzgar la posición vital de nadie.

Tanto salir de esas situaciones y sobreponerse, como no hacerlo, creo que depende de cada uno. Todas las personas tienen derecho a hacer lo que quieran, y todos tenemos derecho a decir “salgo” o “no salgo” de una situación dada. Sobre esto podría decirse que las cosas suceden y ya está. La vida no es buena ni mala, bueno y malo, positivo o negativo, son “apellidos” que les ponemos desde un punto de vista cultural a las cosas, pero que no se corresponden con la realidad. Las personas tampoco son buenas o malas. La vida sencillamente es. La energía sencillamente es. El universo sencillamente es. Y por tanto, yo, tú, él, nosotros, somos. No creo en dicotomías que llevan a encasillarnos o que buscan una perfección inalcanzable, como “miedo – amor”, “odio – amor”, “rencor – perdón”, “bueno – malo”, etc. Creo que somos perfectamente imperfectos y no podemos guiarnos mediante exigencias ajenas o propias de ese estilo, ni medirnos por esos raseros, no sólo porque son unos estándares muy complicados de llevar, sino porque también considero que no se ajustan a la realidad. Me parece que si por un momento dejáramos a hacer afirmaciones del estilo de “soy amor” y las transformáramos en “yo soy”, ganaríamos enteros en cuanto a tranquilidad y honestidad para con nosotros mismos.

De ese existir de las cosas del que hablaba arriba, libre de imposiciones y de juicios de valor, creo que podríamos sacar que estamos aquí para vivir y morir y reunirnos con aquello de lo que procedemos (y aquí hay cantidad de teorías, según las creencias de cada uno). En cualquier caso, en esta existencia creo que puede haber cosas que más o menos nos gusten y que son vivencias de las que podemos aprender. A partir de esas vivencias vamos tomando decisiones y conforme a esas decisiones creamos más vivencias y así sucesivamente. Conforme a esas vivencias de las que vamos aprendiendo vamos creando nuestra realidad.

A esto llegué hace mucho, pero la revelación de los últimos dos años ha sido la definitiva (hasta el momento): el derecho a equivocarse. A esto me refiero arriba cuando digo que somos perfectamente imperfectos. Todos sentimos en algún momento que nos hemos equivocado. Todos hemos tomado decisiones y todos hemos sentido en algún momento la presión social por no poder equivocarnos, porque estaríamos fallando. La buena noticia para mí fue no que podamos equivocarnos, sino que debemos hacerlo para poder aprender.

Así pues, en mitad de equivocaciones propias y ajenas, seguimos viviendo. Hay personas que se aferran a eso y hay personas que lo dejan ir, e incluso depende de la situación y la circunstancia podemos elegir una cosa u otra. La mayoría juzgamos a los demás según nuestros ideales de comportamiento, un juicio interesante que probablemente nosotros no pasaríamos. Hay personas que se encuentran en situaciones que consideran difíciles y que hablan de sus vidas a los demás en busca de consejo, y ante eso yo siempre contesto lo mismo: que ninguna vida es fácil, pero que dependiendo de la perspectiva lo difícil se puede convertir en sencillo, tan sólo si sabes cambiar la forma de mirar tu propia realidad, fijándote en tus aprendizajes. Creo que cuando haces eso, en cierto modo haces alquimia vital. Y no siempre sale, ojo, pero en los momentos en los que lo he conseguido he dejado de preocuparme para centrarme en vivir. Creo que ser wiccano, brujo, chamán, o cualquier otra corriente espiritual que se considere transformadora, es conectar con esa capacidad que tenemos para cambiar nuestra realidad, nuestro universo y a nosotros mismos, para poder centrarnos en vivir y en ser.

PD: No me considero poseedora del sentido de la vida, pero desde que me he relajado con el tema de las perfecciones soy infinitamente más feliz.

Dioses “blanditos”: el caso de Brigit

El otro día me decía un alumno que, con todo el respeto, mi Divinidad patrona y a la que tengo dedicado el Templo desde hace 9 años, Brigit, era “blandita”. No pude evitarlo: solté una carcajada que hasta el gato, que dormía plácidamente encima de la mesa del pc, se despertó. Me hace gracia el hecho de denominar “blandito” o “blandita” a una Divinidad, y más decirlo de una Diosa celta.

Durante estas semanas me he estado preguntando si mi Diosa patrona es “blandita”, de dónde se saca la gente eso (no es el primero que me lo dice) y qué hacer para remediar esa imagen. Un par de veces me he vuelto hacia su altar y le he preguntado, como hago a veces con ella (porque son muchos años y hay confianza) “Oye Brigit, ¿tú crees que eres blandita?”. Una voz interior me respondía “¿y tú qué crees?”.

Cuando conocí a Brigit, allá por el 2003, yo también pensaba que era blandita. Lo confieso. Nos la han vendido como una “doncella” (ya expliqué en este otro post que de doncella tiene poco), que es la Diosa de la Luz y todo lo bonito y lo bueno y los comienzos, que su fiesta es la noche de Imbolc y que por eso es la Diosa de la primavera, y que hay que hacer una cama para ella y un montón de cosas más. Cuando ahondas un poco en su mitología te das cuenta, primero, de que no es una Doncella, segundo, que de primaveral tiene poco, y tercero, de que no es una Diosa de la Luz. Es una Diosa del fuego.

El fuego es genial. Su descubrimiento permitió a nuestros antepasados sobrevivir largas noches a la intemperie, cocinar los alimentos y mantener a raya a los depredadores. Cuando el hombre antiguo descubrió el fuego, vio a una criatura frágil porque muere a la que lo tocas o le pones algo por encima, pero a la vez resulta letal y sobre todo muy disuasorio. Con el tiempo, el fuego se usó para a dar forma a los alimentos y a los objetos. Surgió el trabajo del metal y la creación de herramientas, que eran usadas, entre otras cosas, en la guerra, así que quien tuviera las mejores herramientas era considerado el más fuerte. El uso de herramientas y su perfeccionamiento es una de nuestras características clave como especie, porque nacemos enclenques y prácticamente inútiles, y para lograr las mejores herramientas el fuego resulta esencial. De ahí que Brigit sea patrona de los guerreros y los herreros.

Esas herramientas se vienen usando a diario no sólo para pelearnos entre nosotros. Uno de los usos más antiguos de la herramienta es el aprovechamiento de los recursos, entre ellos las hierbas. Hierbas que se han cocido o puesto en infusión en agua, hierbas quemadas, hierbas preparadas. Es raro que se consuman las hierbas frescas y si nos paramos a pensar nuestro amigo el fuego siempre tiene algo que ver en ello. El fuego sana porque prepara la hierba, también cauteriza una hemorragia. De ahí que Brigit sea sanadora.

Brigit también es una Diosa de la poesía. Es la patrona de los bardos y la función de éstos fue crucial en muchas culturas para la transmisión de valores e historias. En tiempos en los que no había internet, contar con un bardo que nos comentara mediante poesía y entretenimiento las historias de lugares lejanos era un verdadero privilegio. Los bardos tenían tanto poder que si cantaban una maldición contra alguien, ese alguien no tenía escapatoria: tal es el poder del lenguaje en nuestra especie. Y yendo aún más lejos, las mejores historias siempre se han contado de abuelos a nietos alrededor del fuego. De nuevo el fuego, de nuevo la tribu, de nuevo otra característica clave del ser humano: el lenguaje. Es tan crítico para nuestra especie que de él depende nuestras relaciones. Si la herramienta se lleva a la batalla, siempre es el lenguaje el que previamente declara la guerra.

La imagen que se tiene de Brigit: la confusión constante de los wiccanos con Santa Brígida

Si le pregunto a alguien qué imagen tiene de la Diosa a la que hago mi devoción, siempre obtengo más o menos la misma descripción. Es una mujer vestida de blanco o verde, con la cabellera roja y la piel blanca y los ojos verdes. Es sonriente y generosa, porque trae la primavera. ¿Ah sí? ¿Y la guerra, dónde está? Brigit es hija de Morrigan según algunas tradiciones, ¿no debería estar relacionada con lo belicoso? Brigit es la patrona de los guerreros y de los mercenarios… ¿dónde queda eso? ¿Dónde están las maldiciones que se cantaban en batalla y que llenaban de terror el corazón del enemigo, inspiradas por ella? ¿Dónde está la mujer celta que era madre y esposa, y a la vez igual de diestra en batalla que su compañero?

Creo que los wiccanos hemos confundido a Brigit con Santa Brígida, la mujer que colgó, según la tradición cristiana, su capa en un rayo de sol. Nos hemos confundido de plano y le hemos dado unos atributos más similares a los epítetos de la Santa, de los que remarcaría “La María de los Celtas” y “La Doncella Sagrada”, como ejemplos del mejunje cristo-pagano que hemos hecho con Brigit, y que ni nos planteamos desmentir mediante un estudio serio de los mitos celtas. La Brigit-Diosa, ni es la María de nadie (¡la Diosa Brigit no era virgen, eso para los celtas no significaba nada!), ni es ninguna Doncella sagrada (de nuevo la virginidad, qué pesadez). Brigit, como buena celta y encima princesa de su tribu, no sólo tendría todo el derecho a acostarse con quien quisiera, sino que tras su matrimonio seguiría manteniendo todos y cada uno de sus bienes. Así que nada de mentalidad de mujeres cristianas romanas: estas celtas eran de armas tomar y sus Diosas también.

Una vez desmitificado: ¿cómo es de verdad una devoción con Brigit?

Es una Diosa estupenda, es mi favorita y me encuentro muy a gusto con ella, pero no es blandita. Para ser honestos, no es en absoluto lo que nos venden, ni lo que normalmente vendemos los wiccanos de ella. Sí, gran parte de esta imagen fluffy de Brigit la tenemos los propios wiccanos, porque nos hartamos de describirla como si fuera la Virgen María en lugar de lo que realmente es: una princesa y madre celta, guerrera, herrera, fuerte. De todas formas, es posible y recomendable para un wiccano tener una devoción con Brigit, porque nos ayuda a ver que el fuego no es sólo “Luz”, sino que quema, que tiene carácter propio, y que las cosas no son siempre blancas o negras. Estamos demasiado acostumbrados a crear un mundo maniqueo a nuestro alrededor, pero es natural: somos herederos de la tradición cristiana. Creo que puede que haya llegado el momento no de desmitificar a Brigit solamente, sino de desmitificar todo el concepto de femineidad que tenemos y que es heredero de esos valores.

Tener o no tener fe

Si cierro los ojos y me centro con fuerza en mi concepto de fe, puedo situarme en una escena de mi infancia con una gran claridad. Recuerdo un patio blanco repleto de flores y plantas y lleno de palmeras, con paredes cubiertas de loza con escenas vegetales, un suelo de terrazo y el olor salino del mar colándose por la abertura del techo que imitaba vagamente a un compluvium romano, por la que los árboles despedían alegremente al sol poniente. Un olor a perfume femenino iba y venía, a veces sutil y a veces tan fuerte que le hacía a uno cerrar los ojos. Y había tres sonidos que se superponían: uno venía lejano como la voz de un Dios que se alzara desde lo más alto de los cielos y chocaba con gran eco por entre las columnas del patio, y el segundo sonido era el repiquetear constante de abanicos en el aire chocando sobre los abundantes pechos de las señoras, la mayoría de ellas abuelas como la mía, nacidas en la República y creciditas en la Posguerra. Un tercer sonido lo hacía el viento colándose por entre los árboles y meciéndolos, un espectáculo de sonidos y aromas entre las palmeras, los rosales, el mirto y el romero.

Ésa es mi imagen del concepto de fe. Me criaron en la creencia cristiana como a muchos, y eso que describo podía ser un domingo cualquiera en misa, donde mi abuela me llevaba junto a sus hermanas. Todas ellas decían tener mucha fe y repetían eso de “por mi culpa, por mi gran culpa” dándose golpes no con el puño, sino con el abanico. De ahí que el sonido del abanico en un pecho femenino lo tenga asociado al concepto de fe. Puede parecer muy cómico y verdaderamente lo era, y más de una vez pregunté abiertamente por qué había que darse con el abanico en las tetas en la misa de las 9, y por qué yo no podía participar de la misma forma. Sería porque yo por aquel entonces no tenía pechos. Eso llevó a mi mente infantil a hacerse una pregunta: ¿yo tenía fe?

Con los años, la pregunta que empecé a hacerme fue un poco más clara: ¿qué entendía yo por fe? Le estuve dando vueltas mucho tiempo y sobre todo me la hice a partir de salir del armario de las escobas con la familia. Cuando le dije a mi madre que era wiccana hace unos años, aunque le expliqué de qué trataba y aparentemente lo entendió, más de una vez me soltó “claro, como tú no crees…“. Eso me hacía dudar y me hacía pensar en si tenía fe, en si creía realmente en algo. ¿Era yo como aquellas señoras de los golpes de abanico? Durante un tiempo me planteé si yo era un homo religiosus en condiciones, o en si lo que creía era simplemente un producto de márketing creado por alguna editorial con ganas de sacar tajada de mi espiritualidad.

Admito que, aun siendo pagana, entiendo a las mujeres de aquella generación que me educaron en la fe cristiana, y lo que para ellas significaban los golpes de abanico y la voz monótona del sacerdote saliendo de lo alto y generando gran eco. La fe para los católicos es una virtud y para ellos es importante decir “tengo mucha fe”, porque no hay nada más fuerte que expresar que se cree en un dios que ves como único y verdadero. Asimismo, tener fe también es una prueba dura, porque si la vida es un valle de lágrimas para ellos, debe ser (y perdón por la expresión) jodidísimo mantener esa fe y continuar amando a tu dios. Sinceramente, me quito el sombrero.

Sin embargo, yo ya no era católica. ¿Dónde quedaba mi fe? ¿Dónde residía mi creencia?

Ahondando más en mis recuerdos, conseguí rememorar un día en el que hubo una gran tormenta durante la misa. Recuerdo los rayos y los truenos, que enmudecían al sacerdote al resonar por toda la bóveda de la nave principal de aquella iglesia costera. El mar estaba embravecido y parecía que el edificio entero se caía, me recordó a cierto tornado ficticio que se llevó volando a cierta niña y a su perro, dejándolos varados en el maravilloso mundo de Oz. Siendo honestos, durante un momento tuve miedo de que fuésemos a salir todos por los aires.

Recuerdo cerrar los ojos y rezar, pero no centrarme en la virgen de cara morena del altar. En cambio, le recé al mar, cantándole mentalmente una nana para que se calmara. Le recé a las flores y a las palmeras para que se mantuvieran de pie frente a la embestida del viento. Y le recé al mismísimo viento para que no me llevara de aquel lugar, mi Kansas particular, donde residía mi familia y la gente a la que quería, con golpes de abanico o sin ellos.

Creo que en aquel recuerdo obtengo gran parte de lo que significa realmente tener fe para mí como pagana, pues va más allá de ser una virtud. Para mi yo adulto y de este momento, la clave no está en tener fe en un dios. Creo que los dioses, en los que nosotros creemos concretamente, no están aquí para salvarnos de las tormentas (aunque puedan echarnos una mano). Dicho de otra manera: desde aquel día en aquella iglesia, cuando rezo, no rezo para que ninguna divinidad venga a rescatarme como un caballero de brillante armadura. En cambio, rezo porque yo soy la que necesita cambiar su propio mundo, porque necesito la confianza suficiente como para saber que pase lo que pase siempre voy a caer de pie. Más bien me rezo a mí misma, y siempre pido tener fe en mi propia capacidad para cambiar el mundo y para cantarle nanas al mar si hace falta.

 

Identidades paganas

Mucha gente elige llamarse “Gato”, “Cuervo” o “Patata Frita” en entornos anónimos como internet y en ocasiones también elige un pseudónimo para utilizarlo en el entorno pagano. Elegir llamarse por un determinado nombre es una cuestión personal y detrás de esa decisión casi siempre hay aparejada una reflexión. ¿Por qué elegir un pseudónimo para representarnos? ¿Por qué no hacerlo? Éstas pueden ser preguntas muy habituales en nuestra comunidad, sobre todo en lo al que uso de las redes sociales se refiere.

Dos “identidades”, el caso del que elige el pseudónimo

Tener un pseudónimo no es como en las películas, no se es Clark Kent de día y Superman de noche. Se es siempre más o menos el mismo, sólo que se usa un nombre en diferentes contextos. No es tener múltiple personalidad ni ser dos personas diferentes tampoco dependiendo de la situación, de ahí que entrecomille el sub-título anterior. La mayoría de las personas que eligen esta solución sólo lo hacen para ganar una cierta intimidad sobre su vida privada y un poco más de control sobre su propia imagen, pero esto no implica que la persona que use dos “identidades” sea y se comporte como dos personas totalmente diferentes en contextos “sagrados” y “profanos” (y atención de nuevo aquí a las comillas, pues no existe una diferencia real entre unas cosas y otras).

Básicamente se es siempre la misma persona como he dicho arriba, aunque, como en todo, las personas no somos blancas o negras sino que tenemos una cierta profundidad y diferentes niveles de comportamiento y actuación. Por ejemplo, no nos comportamos igual con nuestro jefe que de cervezas con los amigos. En el ámbito del paganismo puede resultar similar, y puede que resulte curioso ver cómo un sacerdote o una sacerdotisa se comporte de forma muy solemne en un ritual y luego sea de lo más gracioso en una situación mucho más distendida. ¿Hay dos personas distintas? No, sólo una persona comportándose de dos formas diferentes, que pueden ser tantas formas diferentes como la persona quiera tener. Podría tener siete formas diferentes, no sólo dos, dependiendo del contexto. Muchas veces se puede identificar desde fuera que la persona que responde a nivel pagano por un nombre y a nivel personal por otro, tiene dos identidades, remarcado por el carácter que a veces se tiene en determinados contextos y porque le estamos poniendo “nombre” a esa otra parte de la persona que actúa en determinados contextos. Pero esta concepción es errónea: la persona siempre es la persona, tan sólo ejerce su derecho a comportarse como quiere según el contexto.

Hay ventajas en tener dos nombres, la primera ya la he comentado y es el mayor control sobre la intimidad y la vida personal. Entre las desventajas encuentro dos: la sensación de estar dividido, marcada a veces por la errónea percepción externa de que somos “dos personas”, y un curioso fenómeno que se da con cierta frecuencia, y es una atención desmedida por parte de algunas personas con respecto a la vida personal de uno. Hay gente que piensa que si divides tus cuentas de facebook es a) porque tienes algo que ocultar de tu vida personal, o b) tu cuenta personal de facebook debe estar restringida a tus amigos, y ¡ellos quieren contarse entre tus íntimos a toda costa! En cualquier caso hay que recordar que el control sobre las cuentas de facebook o similares las tenemos nosotros. En definitiva, le veo muchas ventajas a tener dos perfiles y es por lo que lo uso, pero requiere saber que de vez en cuando puede que quedes mal con alguien al cerrar la puerta a un tipo de relación más estrecha con esa persona, aunque sea virtualmente.

Una sola persona, un solo nombre, un solo perfil

A este respecto pueden darse dos variantes: el uso del nombre civil o el uso del nombre pagano. Ambas tienen ventajas similares y entre ellas están la sensación de unidad, la sencillez de uso de plataformas sociales, la consecuencia en valores y prácticas a nivel personal y, cómo no, la “salida del armario de las escobas” (admitir delante de todo el mundo que se practica la religión). Es fácil identificarse al nombre con una sola persona y eso da bastante confianza a la hora del trato.

La desventaja es que si no nos interesa que cualquiera vea qué religión practicamos, lo llevamos claro. Hoy día muchas agencias de empleo miran facebook y estudian los “me gusta” y las preferencias de las personas así que en contextos profesionales puede ser un problema según el sector. También dependiendo del país se puede tener una concepción más abierta o cerrada del ser religioso y puede que no siente bien a todo el mundo. Pero si estamos de acuerdo con llevar esto a cabo, elegir esta opción puede ser un ejercicio de auto-reconocimiento de las creencias y de lo que se es.

Otra desventaja es que, obviamente, estamos abriendo nuestra vida personal a gente en redes sociales que puede que no nos interese que sepa de nuestra vida en casa. Para eso es aconsejable crear grupos de usuarios y restringir publicaciones en facebook si se desea, pues ahora muchas aplicaciones de este estilo permiten un mayor control sobre nuestras publicaciones.

Finalmente, una advertencia sobre la confianza que se puede crear en una persona al elegir esto. Es posible que alguien que no nos conozca mucho y que provenga de un entorno pagano, al estar junto con amigos y familiares en el mismo grupo, pueda inferir que es de nuestro círculo íntimo de confianza. En cualquier caso, lo mismo que arriba: la asertividad es clave y ante todo tener claro que tenemos derecho a elegir a las personas de cualquier círculo de nuestra vida.

Un consejo final sobre la identidad

Sea lo que sea que elijas, tienes todo el derecho a hacer lo que quieras, incluso a no ser siempre la misma persona. Tu identidad y la identificación de tu identidad con tu nombre o nombres la eliges tú y nadie más, al igual que cuál de tus “túes” quieres sacar en qué situación. Hagas lo que hagas, siempre va a haber a quien le va a gustar y a quien no, quien va a estar de acuerdo y quien no, y quien va a juzgarte en función del nombre que uses y quien no, así que siempre es mejor estar a gusto con uno mismo y elegir lo que uno quiera. Y si cambias de opinión llegado el momento, pues perfecto, porque no somos siempre los mismos ni necesitamos lo mismo.

Nunca retes a una bruja: una reflexión sobre la voluntad

se-alquilaHace tres años que me cambié de ciudad y como todo el mundo tuve que encontrar piso para establecerme. No fue tarea fácil, entre carteles de “Se Alquila”, ofertas por portales inmobiliarios y el boca a boca, pronto mi marido y yo nos hicimos con una buena lista de pisos que comparar. El caso es que queríamos algo barato, sin amueblar y con unos determinados servicios. Mi compañero insistía en que era imposible encontrar todo lo que necesitábamos a un buen precio y bien comunicado, y sin otro remedio tendríamos que irnos a vivir bastante lejos del centro. Yo soy una wiccana urbanita e insistía en que era posible. Así que me retó a que no sería capaz de encontrar un piso con esas características, cercano al centro de la ciudad y por menos de un determinado precio. Mi contestación fue lapidaria: “Nunca retes a una bruja”.

¿Por qué nos hacemos brujos?

¿Nos hacemos brujos para tener poderes? ¿Buscamos la iluminación espiritual? ¿Buscamos sentirnos superiores moralmente? ¿Cuál es nuestra motivación? Después de mucho rascar y desde mi punto de vista, creo que nos hacemos brujos para entrar en sintonía con una parte nuestra que a priori nos está oculta. Es esa parte que rige nuestro propósito íntimo y profundo (o propósitos) en la vida, eso que nadie puede quitarnos porque hemos nacido con ello, la conexión con la Divinidad. No hablaré de Plan Divino ni de iluminación porque me suena manido, y porque no se trata de ser los peones en un juego de ajedrez de grandes poderes, ni de adquirir nuevas conciencias olvidando las que ya tenemos (y que son igualmente sagradas), pero sí de verdadero propósito, de verdadero deseo, de verdadera realización.

Como brujos, en contacto con esos poderes, podemos mover muchísimo. Principalmente podemos movernos a nosotros mismos, y eso no es precisamente poco. Es aterrador ver cómo nos aferramos a las cosas, cómo nos agarramos a circunstancias que antaño parecían seguras, a pesar de que ya no lo sean: esquemas mentales, relaciones, estructuras, conceptos o “imposibles”. Es el brujo el que tiene la capacidad de darse cuenta de eso y de hacer lo posible para reconducir la situación, no mediante el uso de rituales, sino mediante el uso de la magia más potente que es el auto-conocimiento. Ésa es una magia que nunca se termina de aprender porque las personas estamos en constante cambio.

Así arriba como abajo, pero aplicado a nosotros mismos

Cuando estamos en consonancia con ese propósito, cuando hacemos esa magia con nosotros mismos, es cuando la magia hace efecto en el mundo que nos rodea. Nuestra mera voluntad, a la que se accede mediante el auto-conocimiento y la reflexión, es una fuente inagotable para lograr lo que a muchos les gusta denominar imposible. Si empezamos a actuar sobre nuestra propia conciencia es cuando se hace la verdadera magia, no la que logra que X se enamore de nosotros, sino la que hace posible que tengamos el control de nuestra propia vida.

En la práctica esto es difícil. Al estar en constante cambio, la reflexión es prácticamente diaria, aunque no imposible. Los seres humanos tenemos tiempo para pensar de sobra: si nos llevamos la vida haciéndonos pajas mentales (entendidas éstas como “el pensamiento que no conduce a nada”), ¿por qué no analizar tranquilamente nuestras propias motivaciones? ¿Por qué no trabajar, en soledad o junto con otros, para lograr ver lo que normalmente no vemos? ¿Por qué no entrar en contacto con esa parte de nosotros que sabe que no hay nada imposible?

Es cierto que no siempre se podrá o no siempre saldrá, pero os invito a probarlo. Habrá malos días, como en todo, pero habrá buenos días y esos días serán como si todo fuera rodado. Recordad que hacemos nuestro mundo en cualquier caso: lo que queramos obtener, lo obtendremos. Así que cuidado con lo que deseas… ¡puede hacerse realidad!

Encontramos piso en la ciudad, bien situado y con todas las características que mi marido quería. Y a buen precio. Desde entonces insto a todo el mundo en creer que los imposibles no existen, y desde entonces una de las frases más usadas en mi casa es “Nunca retes a una bruja”.

 

3 años y muchas lunas después

FOTO.De-lunas-y-de-flores (1)Corría 2004, yo era una wiccana que prácticamente empezaba su camino, y casi todas las webs que me encontraba eran prácticamente iguales. Casi todas incluían estos temas: la Rede, los Dioses, las festividades y las herramientas. Poco más, y ni rastro de ejercicios espirituales, ni de cómo llevar una vida normal con el hecho de proclamarse a uno mismo “brujo”. No había temas de actualidad, la política era para los débiles (porque entonces no estábamos en crisis, claro) y quizá lo más cercano a un tema de candente actualidad fueran las eventuales alertas ecológicas, alentadas en España sobre todo por el desastre del Prestige que había acontecido poco tiempo antes.

En medio de todo eso nació la revista online 13 lunas, en Yule de 2004. Le puse 13 lunas porque se supone que son las que se suceden en un año. Yo era muy inexperta y una cría por aquel entonces (ahora tengo más experiencia pero sigo siendo igual de cría), pero lo hice con toda la ilusión del mundo. Su símbolo fue una triple luna, y sus colores, blanco, plateado y azul. Conté con gente estupenda que aportaron sus puntos de vista y sus artículos rigurosos, con temas “diferentes”: no más Rede, no más “El Dios y la Diosa”, no más “los sabbats son ocho”. Durante dos años 13 lunas fue editada con amor, hasta que en 2006 y por motivos personales tuve que dejarla de lado. Los colaboradores también escaseaban y cada vez me era más difícil escribir, sobre todo por motivos personales que mucha gente hoy conoce: estaba ejerciendo mi particular lucha contra la depresión.

En 2008 cancelé definitivamente el dominio de 13 lunas, pero me quedé con esa espinita clavada. Tiempo después y producto de un cambio de aires, pues me vine a vivir a Granada, decidí rehacerla pero en formato blog. Y se convirtió, hace 3 años, en el 13 lunas que estás leyendo ahora tú, desde el otro lado de esta pantalla.

He escrito muchas cosas en estas líneas, que han sido testigos de mi cambio como persona y como sacerdotisa. Mucha gente ha seguido este blog de cerca y de lejos, y para mí es un honor haber llegado a tanta gente. También ha escrito aquí una buena amiga de vez en cuando, como un guiño a la antigua 13 lunas y a sus colaboradores, cuyo espíritu no desaparece del todo. Curiosamente y gracias a esta web he llegado a ver expresiones mías, que he escrito por aquí, reflejadas en foros, que luego eran reflejadas en vídeos de Youtube y luego me han llegado por otro lado. Es impresionante lo contagiosas que son las ideas y cómo vuelan en esta comunidad. Durante mucho tiempo me asustó el hecho de que lo que yo pudiera decir estuviera errado y que eso llegara a calar tan fuertemente en la comunidad que al final se hiciera propio, todo por un artículo mal escrito o mal expresado. No os voy a mentir: he errado muchísimo a ese respecto, pero no puedo dejar de escribir. Luego la gente se sorprende cuando digo que no estoy de acuerdo conmigo misma, y contesto con una sonrisa y con una frase: “yo lo llamo evolución“.

Así pues, esta abuelita Cebolleta nostálgica y algo carca quiere daros las gracias por haber sido testigos, igual que estas líneas, igual que este humilde WordPress, de desvaríos y evoluciones. 13 lunas lo hacéis vosotros porque leéis y porque os contagiáis. 13 lunas se ha nutrido durante 3 años (y muchos más) de vuestros comentarios e emails. 13 lunas no existiría si unas mentes dispuestas a escuchar no estuvieran atentos a este rss y a este blog. 13 lunas siempre seréis vosotros. Así que feliz cumpleaños a todos.